enero 10, 2011

El parque.

Heme aquí hablando de parques y autobuses.
Porque tan importante es el camino como el propio lugar al que se dirige uno, es como tratar de explicar los colores sin la retina, sin el aire, sin las pequeñas motas de polvo y pasado que flotan en los rayos.

Autobús de ciudad, jaula atípica que encierra a las personas para luego dejarlas ir; las encierra dentro de él y dentro de ellas, porque viaja y se mueve el vehículo; pero viaja el pasajero, viajan y divagan las pelusas redondas y suaves de que está hecha la memoria. Se mueven, porque todo se mueve, incluso si no parece así, se mueve el tiempo y viaja hacia adentro de nosotros, de los que miramos y creemos distinguir sonidos y acentos en los ojos del otro, y entonces tus zapatos rojos y blablá y descubres los popotes en mi mochila.

Se mueve el camión y nosotros nos movemos, nos sacudimos, te ríes como pensando en las marquesitas con nutella que te gustan, y parece que todo se moviera para que tú me digas que si la ciudad, que si la escuela, que si el vals que no sabes bailar, pero que sé que sabes, y hasta tal vez sabes que sé, y risas y nerviosismo porque entonces crees que nos hemos perdido.

Y todo se mueve, saltamos involuntariamente, presos de la velocidad y el relieve urbano forjado en parte a la corrupción y en parte al sentimiento que acompaña a cada bache, a cada tope, sentimiento de ciudad, la costumbre de pasar por ahí, como descubriendo lunares en la perfección de un rostro, o algún rasguño en el asfalto, y entonces te vuelves carretera y yo autobús, y sin embargo no nos volvemos nada, porque ya éramos, ya éramos y cada quien con su voz, sus acentos, y su nerviosismo porque entonces crees que nos hemos perdido, pero eso qué importa —te digo yo— y qué importa, importa tanto que las marquesitas se esfuman de ti, pero sólo unos segundos, pues recuerdas que qué importa porque al final lo que importa no es no perderse, sino saber perderse.

Pero el movimiento relativo se detiene, por qué mejor no nos bajamos blablá sabremos encontrar la ruta blablá, yo sé que sabes pero quiero que estos minutos de perderse sean de esos que se lanzan al mar y que se encallan en la piel, en la arena de poros, después de la tormenta. Y entonces el ISSSTE, y los colores que sólo son colores por la retina y porque la luz es caprichosa, y los volchitos, y átomos que se suicidan, chiste malo, y tú no sabes bailar vals, pero sé que sabes, porque los zapatos rojos son bonitos y de seguro disfrutas también el jazz como si fuera la nutella. La acera se ha de estar riendo de ese par de seres hablando de hidrógeno, de puentes, de hospitales y de queso-delicia-bola, que estoy seguro que cantas tanto como que bailas, y Carolina Herrera y risas y apúrate que ahí está el otro autobús.

Búsqueda-pérdida-búsqueda. Toc toc, y te has vuelto a sentar en el lugar de los discapacitados (que dicho sea de paso son erróneamente llamados con capacidades diferentes, pero tus zapatos rojos, y el color que es sólo un capricho de la retina) y te lo recuerdo, pero he vuelto a pagar tu pasaje, me recuerda mi lado ahorrador, pero mi lado caballero le da un puñetazo de caballero y aquél se ahorra sus comentarios, sospechando también que sí sabes bailar aunque sea poquito, pero no sé hacer flores con popotes ni tú tampoco, ah, si mi mamá estuviera aquí por cinco segundos entonces tendrías un par de bonitas flores, pero esta travesía por nutella y queso bola es nuestra nomás, otro día serán las flores y los popotes, y serán otros días y será otra noche y otro asfalto, pero tal vez sean los mismos zapatos rojos, y has visto pasar otro volchito, pero eres muy dama como para jugar mis tonterías, así que nomás te digo de tus lunares.

Izquierda, derecha (si fuera avión, tal vez en medio), nos sentamos sin saber que ahí nos quedaremos, ah, si los cristales hablaran, ah, si el silencio callara de veras, pero ahí hestamos riendo hentre rojos zapatos hentre nosotros, mismo haire mismo todo mismo humor hetéreo. Y el ya casi se torna calles y jamás llegaremos, sí, sí lo haremos, no te equivocas, y si nos perdemos, la acera se podrá reír otra vez y el eco tal vez se oiga a través de nuestras bocas, inevitablemente contagioso. Pero tal vez sí es avión y por eso todas las hormigas se ven como personas, pero claro, tus lunares se ven como lunares, con ese sentimiento de ciudad y de lado claro, y según tú no sabes bailar vals.

Y al parecer supimos perdernos y encontrarnos, también al parque, pero no era tanto eso, bueno, tal vez los columpios, el sube y baja (máquina infernal que te deja el trasero golpeao), tal vez el pasamanos que en realidad ignoramos, pero ese puente-infantil-romántico, sí tal vez era el parque, pero tal vez nosotros éramos el parque, porque antes de llegar, no había parque, éramos nosotros, sacudiéndonos entre átomos suicidas, que obviamente reencarnaban pues la materia no se crea ni se destruye, sólo se ríe y ve volchitos y hospitales azules y hormigas y noche.

Tal vez sí era el parque, ¿o éramos nosotros? ¿éramos árboles, columpios, puentes-infantiles-románticos, raspados, señores, perritos con camisas, tu risa y el interrogatorio que le hiciste al señor, y yo y mis pizzas-rosca?¿éramos ciudad, lunares, noche?

Y hay que saber perderse digo, porque tal vez perderse sea la meta, perderse de confundirse, de admirar tus zapatos rojos, y de olvidar las flores y los popotes, y ese perro, por dios, qué gracioso, jajajás y el señor simpático que sabía el latín de nutella.

Perderse de confundirse, de subir y bajar de camiones, de juegos, de puentes. Perderse de confundirse, de qué haces, me bajo del columpio y te empujo, y para, no pasa nada, bueno, y de empujar y descubrir que aunque digas que no sabes bailar vals, sabes romper el aire en el columpio, danzar y reír, con esos zapatos rojos rompiendo la noche, rompiendo el frío, abriendo el aire, tal vez sí eres un avión, un avión de zapatos rojos que dice no saber bailar. Un avión danzante con pecas de ciudad, con lunares en tus caminos, con risa y con acento.

Confundirse de perderse, confundirse de llegar, perderse de caminar, llegar de reírse del perro, perderse de bajar y subir, confundirse de pensar en marquesitas, confundirse de viajar, de saltar, de sucumbir a la física.

Y tal vez éramos el parque, éramos las calles, y éramos el autobús (no los autobuses, el autobús), tal vez éramos los baches y las marquesitas, éramos el marquesitae nutellus, éramos las fuentes, tal vez éramos los baches, y tú eras mis popotes y yo tu risa y tu nerviosismo y tu suéter gris. Tal vez éramos nosotros el viaje.

Éramos el viaje. Éramos las risas y éramos el autobús y el parque, y los colores que solo son luz caprichosa, y éramos el viaje y la irrealidad y los asientos de discapacitados.

Porque lo importante no es perderse, sino saber cómo perderse, cómo ver tus zapatos rojos. Llegar al parque y ser el parque, y ser átomos y ser lunares con olor de ciudad, y ah, según tú no sabes bailar vals, pero eso qué importa, decimos, si estas marquesitas están muy ricas.

4 comentarios:

  1. Te felicito. Me gustó mucho tu relato, aunque es darle vueltas a lo mismo, sabes darle continuidad al relato y haces que la lectura sea agradable, a pesar de ser larga.

    Nota mental: Adquirir unos zapatos rojos.

    Adorable, como túuuuu ♥.

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  2. Pan con lo mismo; escribanos frustrados, poetas olvidados, imaginación: nula.

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  3. Qué buena manera de decir las cosas , una redacción pulcrísima . Saludos . Me encanta dar con blog así , porque no se encuentran diariamente , ni semanalmente , ni mensualmente . Es un verdadero evento . Saludos =)

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  4. Me gustó tu parque, digo sabían bien las marquesitas, y después cuando pasamos por ese puente, sí, el de hidrógeno.

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